Cada año surgen nuevos concursos de relatos en los que podéis participar y dar a conocer vuestras dotes literarias. En esta página iremos colgando vuestras aportaciones a algunos de estos concursos. Animaos, por participar no perdéis nada; cada texto que hacéis os enseña a escribir el siguiente.
Día contra la violencia de género: «Leticia Rosino»
Siempre pensé que el ser humano era bueno por naturaleza, que no buscaba el sufrimiento de los demás como beneficio propio y que si esto ocurría las leyes estaban para ser justas, pero vas creciendo, te vas haciendo más mujer y te das cuenta de que no siempre es así.
Escuchas las noticias en tu casa mientras comes y escuchas cómo hay mujeres maltratadas por sus parejas y te preguntas si verdaderamente es tan estrecha la línea entre el amor y el odio, si esas mujeres sienten tanto miedo como para no ser capaces de reaccionar a tiempo y librarse de ellos antes de que sea tarde.
Y justo ahí, empiezas a darte cuenta de los verdaderos problemas de la sociedad. Y de la aceptación pasas al miedo, el miedo por estar sola de noche, por cómo vas vestidas, por si por ese camino no deberías ir sola, por si alguien te sigue, por si escuchas detrás un ruido extraño, por si nunca serás capaz de ser tan libre como un hombre…
Y al mismo tiempo sientes que las leyes no te ayudan, que no te protegen y no te sientes respaldada…
La sociedad, sin conocerte, te juzga y te cuestiona… Y, entonces, te das cuenta de la importancia de la educación y descubres que no está todo resuelto y que nos confundimos…
Nos confundimos cuando el primer pensamiento al despertar un domingo es mirar WhatsApp para ver si tu amiga también llegó bien a casa.
Nos confundimos cuando nos miramos en el espejo diez veces antes de salir para ver si hay algo en nuestro cuerpo que pueda provocar a los hombres.
Nos confundimos cuando sentimos miedo de ir solas por la calle, de observar veinte veces la misma esquina por si ese grupo de chicos te están mirando más de lo que deberían.
Nos confundimos al enseñar a las niñas a protegerse y a reaccionar ante una agresión y no de enseñarles a ellos a comportarse como seres humanos racionales.
Nos confundimos al ser consientes solo cuando leemos las noticias de la cantidad de agresores que hay en nuestra sociedad y de cuántas víctimas los sufren…
Y es que si hay algo que deberíamos decir a nuestras hijas, hermanas, sobrinas, amigas es que:
Ojalá siempre saquen sus alas a volar para ser libres, para poder tener la libertad que todo ser humano debería tener.
Ojalá sean mujeres fuertes y que se sientan muy orgullosas de ello, de poder llevar una sonrisa que nadie les va a quitar jamás de su cara y, sobre todo, que ni ellas mismas deben quitarse por otros.
Ojalá cuando se miren al espejo hoy, mañana y dentro de mucho tiempo sigan mirándose y se vean como toda esa guerrera que son.
Ojalá se desnuden y se sientan igual o incluso más poderosas que con ropa.
Ojalá su mente sea tan abierta como su corazón.
Beatriz Ramos, 2BCI
Concurso: «Tú, yo y el Alzheimer»
Dejó de entender lo que veía, cada vez que se levantaba de la cama y se miraba en el espejo, le hablaba a su propio reflejo…
Este es mi abuelo Adam y, desde hace unos años, tiene Alzheimer, una enfermedad que te hace olvidar recuerdos y te impide reconocer hasta a las personas que más quieres. Desde que le diagnosticaron esta enfermedad, mi sueño es poder descubrir su cura, aunque soy consciente de que por ahora no lo tengo fácil, ya que aún estoy en el instituto.
Como es habitual en cualquier chico de mi edad, mi vida trascurre sin demasiadas preocupaciones: clases, actividades, amigos y Alison…, mi mejor amiga y la más guapa de todas. Cada mañana nos encontramos camino al instituto, de hecho, el día que mi vida dejó de ser tan fácil, ella estaba a mi lado…
Estábamos en clase de biología y la directora tocó a la puerta, dirigiendo su mirada directamente a mí.
– Connor, ven un momento – me dijo.
Salí con temor. No es muy habitual que la directora vaya a buscarte a una clase.
– ¿Ocurre algo, directora Wetherby? – respondí.
– Ha llamado tu abuela… Debes ir urgentemente al hospital… Tú abuelo ha tenido un accidente en casa y está ingresado – me dijo muy preocupada.
En ese instante salí corriendo hacia el hospital. Tenía mucho miedo por lo que pudiera pasarle a mi abuelo.
No era la primera vez que mi abuelo tenía un percance y tenía que ser ingresado. Hace cuatro años, un día lluvioso de otoño, tuvo un ataque respiratorio, el cual le impedía respirar adecuadamente. Por aquel entonces, yo vivía con mis padres, así que fue mi abuela quien llamó a la ambulancia y lo llevaron al hospital. Mis padres salieron rápidamente hacia allí, pero a la mitad del camino, un conductor ebrio chocó contra ellos y los dejó sin vida a ambos.
En el momento del accidente, yo estaba solo en casa, preocupado por mi abuelo… Poco después me enteré de que mis padres habían fallecido en un accidente de tráfico. Toda mi vida se vino abajo…
De camino al hospital no podía pensar en otra cosa… Si le pasaba algo a mi abuelo… ¿Qué iba a ser de mí?
Cuando llegué al hospital lo encontré tumbado la cama, dormido. Me giré y vi a mi abuela con los ojos llenos de lágrimas. Estaba muy confundido, no sabía muy bien qué hacer. Me acerqué a mi abuela para abrazarla con fuerza y que me explicara todo.
– Abu, ¿qué ha pasado? – pregunté nervioso.
– Nada, cariño. Tu abuelo se cayó en la ducha y cuando despertó, ya en el hospital, no recordaba nada. Tiene una brecha, se la han cosido, pero han decidido sedarlo porque se ha puesto un poco nervioso… En un rato despertará – me dijo con lágrimas en los ojos.
– Pero, ¿es grave? – pregunté preocupado.
– Claro que no. Estate tranquilo y vete a casa.
No pude negarme y, aunque preocupado por mi abuelo, me fui a casa. En cuanto llegué, me eché en la cama y traté de descansar. Al cabo de unas horas, oí la puerta de casa, eran mis abuelos que acababan de llegar del hospital.
– ¿Abuelo, estás bien?- le dije en tono preocupado.
– ¡Claro! – me respondió como si nada hubiera pasado.
– Acompáñalo a la cama, cariño. Yo me voy a duchar – me dijo mi abuela.
Al llegar a la habitación, mi abuelo se echó y se durmió al instante. Me tumbé a su lado y traté de hacer lo mismo. Pero un par de horas después, me desperté por culpa de una pesadilla.
Mi abuela nos observaba desde una silla. Su preocupación era evidente. Se acercó y me abrazó al verme tan asustado. Le conté mi mal sueño en el que mi abuelo moría y yo quería impedirlo. Al oír esto la abuela me miró con tristeza y decidió decirme la verdad, mi abuelo tenía Alzheimer.
Desesperado, pensando en que mi pesadilla podría hacerse realidad, decidí contárselo a mis amigos y les pedí ayuda para combatir la enfermedad de mi abuelo. Ellos aceptaron sin duda alguna, sin embargo, había mucho por hacer. Algunos de ellos tenían padres científicos, otros sabían mucho de ciencias, y si entre todos juntábamos nuestras fuerzas podríamos intentar buscar o inventar una cura que al menos redujera los síntomas del Alzheimer.
Estaba muy animado, pero no me daba cuenta de que era mucho lo que pedía y si no han inventado una cura ya, ¿cómo la iba a inventar yo con mis amigos?
Esto nos llevaría años, no teníamos muchos medios, y, sobre todo, no sabíamos el tiempo que le quedaba a mi abuelo. Aun así, mis amigos y yo, empezamos a quedar todos los días, a la misma hora, en el laboratorio de ciencias del instituto para ir probando experimentos que encontrábamos sobre la enfermedad, principalmente en internet. Una pena que todo esto durará solamente 4 meses, ya que un 28 de octubre, mi abuelo murió.
– Ya no está entre nosotros – dije llorando.
– Claro que sí, hijo, siempre estará aquí – me dijo mi abuela con la voz entrecortada y señalando con el dedo índice a mi corazón.
Yuli Ivanovic y Alba Monterubio, 3°B